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miércoles, 13 de marzo de 2013

Hoy toca hablar de mi libro

No es que sea gran cosa, pero estoy contento porque lo he editado yo mismo, para publicarlo a través de Editorial Noesis, y lo he colocado también en las plataformas digitales de venta, en Ganxy y en Amazon (aunque la versión Kindle tal vez tarde un poco en estar plenamente disponible). Así pues, si quieren pueden acceder a través de Ganxy o de Kindle Store a mi La Ética y el mundo común.  Ética, opinión y mercado.

Este  libro se origina en las lecciones que he dado durante unos años a diversos grupos de alumnos de la Universidad Rey Juan Carlos en Madrid. Se nota mucho en él, me parece, ese origen, su carácter de texto hablado, puesto que he escrito más de una de estas páginas sobre los apuntes de algunos alumnos especialmente aplicados, y hay también  algunas repeticiones que son típicas de la dinámica oral de la enseñanza y que posiblemente hubiera sido capaz de evitar en un texto directamente escrito para la publicación. Para disculpar lo que me parece a mi, y puede parecerle a cualquiera, el desorden incorregible de estas lecciones, suelo decir que la Filosofía tiene algo de pugna boxística, una actividad en la que se trata de dar el golpe definitivo para lograr el k.o., objetivo que, en cualquier caso, es absurdo pretender en Filosofía, pero que precisa dar muchas vueltas en torno al rival, mientras se trata de evitar el caer a la lona,  de manera que se vuelve a pasar muchas veces por la misma posición, a colocarse a idéntica distancia, y con el mismo ángulo, del enemigo imbatible, del problema que no acabas de resolver. Wittgenstein puso un ejemplo similar, menos violento pero igualmente gráfico, al comparar la Filosofía con el intento de reordenar los libros de una biblioteca, lo que siempre exige pasar por un estadio de mayor desorden, aunque con la confianza de que a más largo plazo el resultado pueda resultar preferible.



Pese a estas disculpas, me ha parecido de interés publicar este breve texto, y espero que tenga alguna utilidad. A las lecciones orales, he añadido, con  muy ligeras reformas y con el correspondiente permiso de sus editores,  un par de capítulos que proceden de trabajos de hace bastantes años, porque su temática está muy en la línea de lo que he tenido  presente al dar las lecciones y repasar estas páginas.



Salvo alguna rara excepción, desde el punto de vista académico no me había ocupado nunca de asuntos de carácter ético, pero siempre he mantenido que es un error que el filósofo se convierta en especialista, de manera que, aunque haya sido  la necesidad práctica la que me ha llevado a escribir sobre estos problemas, lo he podido hacer convencido como estoy de que hay una unidad de fondo en la Filosofía que hace que las cuestiones que se plantean los especialistas puedan ser accesibles al que no lo es, y muy especialmente si se trata de dirigirse a quienes no lo son en absoluto.



Los problemas morales, como el resto de las cuestiones filosóficas, pueden plantearse o, como es más común, ignorarse, o tratarse de manera escasamente exigente. En el caso de las cuestiones más metafísicas, su ignorancia puede traducirse en ciertas formas de tontería intelectual que, lamentablemente, no dejan de tener un aprecio muy general, pero en el caso de las cuestiones morales, la rudeza intelectual puede acabarse convirtiendo en un catalizador de la indignidad personal. Entiéndase bien, abundan los hombres y mujeres de conducta admirable, santos y héroes, que jamás han dedicado tiempo a formar sus criterios morales, pero esos casos, por abundantes que sean, y lo son, no evitan el que sea cierto que la falta de reflexión moral sea un caldo de cultivo muy propicio para que crezcan con fuerza las conductas escasamente ejemplares, y para que se convaliden como normales criterios de actuación que merecerían un rechazo frontal.



Si estas páginas pueden servir para que mis alumnos, y los improbables lectores que se asomen a ellas sin serlo, mejoren en algo su capacidad de juicio moral, habrán cumplido su objetivo, puesto que no pretenden mayor originalidad. Estoy convencido de que la mejora personal es casi el único camino de que disponemos para lograr que el mundo sea un poco mejor de lo que habría sido sin nuestra presencia, y ese objetivo me parece enteramente irrenunciable para cualquier persona mínimamente responsable, de manera que me consuelo de la irrelevancia de estas líneas pensando en que puedan servir para animar a sus lectores a llevar a cabo el esfuerzo personal que implica reflexionar en estas cuestiones, si es que pueden superar el aburrimiento que seguramente les causará su lectura, porque estoy casi completamente seguro de que no harán daño a nadie.


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