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viernes, 3 de febrero de 2012

Por debajo de seis grados





La tecnología de las redes sociales está haciendo que tome cuerpo un hecho bien conocido pero no por ello poco sorprendente.  Ya en 1929, Karinthy Frigyes, un escritor húngaro,  publicó una corta historia Chains (en húngaro Láncszemek), en la que puso de manifiesto que cualquiera está conectada con cualquier otro, por extraños que puedan considerarse, a través de una cadena de personas que se conocen, y que esa cadena no puede tener, en ningún caso, más de seis intermediarios. El mundo es un pañuelo, dice el dicho popular y así, precisamente, se llaman en la  jerga técnica los “universos de pañuelo”, lo que  Watts y Strogatz llamaron redes de pequeño mundo. Según Rodríguez Parrondo, un primer ejemplo de red de pequeño mundo lo encontró Brett Tjaden con un sencillo ejemplo que es ya clásico, six degrees of separation: se fijó en un actor de Hollywood, Kevin Bacon, y a continuación asignó a cada actor un grado de cercanía al actor  de la siguiente manera: a quien hubiese  trabajado en una película con Bacon, se le asignaba un Bacon1; al que hubiese trabajado con un Bacon1, se le asignaba un Bacon2. Pues bien, Tjaden mostró que no existía ningún actor norteamericano que tuviera un número de Bacon superior a 4. Este análisis mostró un el primer ejemplo de red de pequeño mundo, redes en las que, sin tener un gran número de conexiones, se puede ir de un punto a otro  en muy pocos pasos.
En este sentido, las redes sociales contribuyen a hacer más patente  que, en efecto el mundo es un pañuelo, que se puede llegar muy lejos a base de pasar por un serie de amigos; no se trata de que se esté en las redes precisamente para eso, pero este somero  análisis muestra la potencia de esas nuevas herramientas que, de todos modos, según muestran numerosos estudios, siguen concentrándose, básicamente en lo local, pero ayudan a extender nuestros lazos por el universo mundo. Internet está mostrando un ejemplo muy vivo del comportamiento de sistemas complejos basados en reglas relativamente simples, y ha supuesto un auge en los estudios académicos sobre los modelos de comportamiento que son aplicables a contextos muy distintos, como el mercado financiero, o el tráfico urbano, en todos aquellos escenarios en que se da un cierto grado de indeterminación junto con un repertorio limitado de posibilidades, y, finalmente, sobre cómo son las formas de la sociabilidad humana en este nuevo contexto.
Ahora acaba de hacerse público un estudio que rebaja a 4,74 ese número, tras computar muchos millones de casos para medirlo de manera efectiva. Bien está que estemos tan estrechamente unidos, pero me parece que se impone una pregunta: ¿no será que todo este universo de las redes sociales lo que de verdad testimonia es que estamos cada vez más ayunos de relaciones verdaderas? ¿es posible que nos perdamos en esos vericuetos relacionales porque hemos perdido la capacidad de interesarnos por el vecino, porque apenas tenemos amigos verdaderos? Me parecería rendirse a un cierto prejuicio antitecnológico responder rotundamente que sí, pero creo que no está mal hacerse esta pregunta: ¿a cuántos de los que se tiene por amigos en esas redes le interesamos de verdad? Temo que a muy pocos, seguramente a menos de seis, entre otras cosas, porque una de las cosas que nunca desmiente la experiencia es que la relación de amistad carece de la propiedad transitiva, muy interesante en lógica, pero casi completamente estéril en psicología y en el mundo de los afectos.
Publicado en Ambos Mundos

1 comentario:

David dijo...

Muy interesante comentario. Escuetamente diré que estoy muy de acuerdo y me parecen muy oportunas tus observaciones.

Dicho esto, aprovecho para contarte un caso particular que me parece especialmente ilustrativo de lo lejos que se puede llegar en pocos pasos de la cadena de conocimiento:

Conocimos, mi madre y yo, a un interesantísimo personaje llamado Harry Young en Londres, en 1973 (yo tenía 2 años). Era el compañero de piso de un amigo de mi madre. El bueno de Harry nació con el siglo XX y desempeñó multitud de oficios en su azarosa vida, 30 años de la cual transcurrieron en Moscú (donde trabajó, entre otras cosas, de taxista). Estudió varias carreras (biología, por mencionar una), y cuando lo conocimos estaba estudiando matemáticas (se levantaba todos los días a las 6 o así para ver las emisiones de la Open University en la BBC). Era Harry el orgulloso presidente del Partido Socialista de Gran Bretaña, que podía presumir de un total de 300 miembros. Cada domingo iba al Speaker's Corner de Hyde Park a arengar a las masas oprimidas. Le perdimos la pista durante muchos años, hasta que un día (en 1997 ó 98) estaba viendo un documental de la BBC sobre el comunismo... ¡y va sale Harry entrevistado (seguía vivito y coleando)! Nos enteramos entonces de que estuvo en las juventudes comunistas Británicas en los años post-revolucionarios en los que el ideal comunista trataba de expandirse por toda Europa. Harry contaba cómo fue a Moscú en aquella época y participó en una conferencia comunista internacional presidida por el mismísimo Vladimir Ilyich Lenin.

De modo que para llegar nada menos que a Lenin mi madre y yo sólo tenemos que pasar por Harry. Y de Lenin a otros personajes relevantes del siglo XIX el camino imagino que será muy corto. Tú, José Luis, supongo que tendrás un camino similarmente corto a Lenin por otro lado, y si no por el nuestro estás a tres pasos.