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jueves, 19 de enero de 2012

Uno que piensa


Aunque sea frecuente leer cosas un tanto estrambóticas en torno a las implicaciones culturales del desarrollo tecnológico, ya que como dice Gelernter, el mundo de la informática está lleno de chalados, el libro de Jaron Lanier, notable ingeniero y artista, una de las 100 personas más influyentes en 2011 según Time, es un análisis, lleno de buen sentido, de cuestiones que no hay otro remedio que plantear a propósito de la cada vez mayor influencia de la tecnología.
Lanier está en los antípodas de visionarios como Kurzweil y de filósofos en exceso optimistas sobre el signo positivo de todo lo que ocurre, pero no es ningún ludita, ni habla de oídas. El objetivo de su análisis es recordar una verdad elemental, pero que se olvida: somos las personas y no las máquinas, quienes creamos cualquier cosa que pueda ser interesante, somos nosotros y no el software quienes podemos hacer que haya cosas valiosas en la red y en el mundo. Larnier distingue entre el estímulo creativo y altruista de quienes iniciaron la revolución digital, y el sesgo antihumanista que muchos se han obstinado en imponer como el mensaje filosófico de esta nueva era, un necio empeño en sustituir lo humano por una deformación que lo empobrece.
Lanier, que conoce sobradamente bien las tecnologías, sus aplicaciones y el mundo de los negocios, es bastante crítico con la mentalidad de maoísmo colectivista, o totalitarismo cibernético, como el los llama, que se ha ido extendiendo, y que supone olvidar que nada de cuanto se ha hecho y es interesante habría existido sin el esfuerzo, la imaginación y el arrojo de un creador original, no de ninguna nube, noosfera, colmena o red colectiva, estandarizada y anónima.
Este libro ha sido deliberadamente  escrito con sencillez, y es una guía muy útil para pensar en todo lo que está pasando y en cómo se han modificado la tecnología misma, los negocios y la cultura. Lanier advierte sobre el riesgo, que es connatural a cualquier despliegue tecnológico, de que decisiones que se toman ahora condicionen de manera decisiva el futuro posible y recomienda que, en particular, pongamos límite a suposiciones tales como la cultura del anonimato o la filosofía de la absoluta gratuidad, un tipo de picaresca que les permite a algunos soñarse estúpidamente similares a los grandes reformadores de la era moderna, como émulos de auténticos liberadores. Un falso y peligroso idealismo digital que pretende acabar con la autoría, la conciencia y la persona individual, está, efectivamente en marcha, y el libro de Lanier nos pone en guardia contra esas viejas supercherías, ahora disfrazadas de modernidad, de una supuesta cultura que no es sino pastiche sin gracia ni interés. 

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