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jueves, 11 de agosto de 2011

No cedí a la tentación

Los escasos pero amables lectores me perdonarán que dada la época del año les hable algo de  mi vida: es lo que hace todo el mundo en cualquiera de las innumerables terrazas, de playa y de secano, que pueblan el país. Pues bien, bastó escribir que no me compraría una tableta, para experimentar una honda necesidad de ella. La culpa fue de mi Toshiba, que se vino abajo de manera abrupta y estrepitosa. Gran consternación, porque, por ejemplo, en toda la plaza del ayuntamiento, y en la de la reina, en Valencia, no pude encontrar un solo periódico. Sin noticias del mundo, y el mundo ardiendo: ¿sería cosa de comprar una tableta? El servicio de Toshiba, a cientos de kilómetros de mi playa, me pronosticó un mínimo de cuatro días, para empezar. Menos mal que no tenía la cosa fácil, y aún me quedan unos adarmes de coherencia, porque estuve a punto de ceder a la tentación. No me salvó mi cordura, sin embargo, sino la fortuna: resulta que un amigo de uno de los chavales que atienden el chiringuito donde suelo almorzar arreglaba portátiles. Se lo dejé con gran escepticismo, y al día siguiente estaba como nuevo,... y solo por treinta y cinco euros, más barato que cualquier tableta, probablemente incluso que la que se anuncia en la India
Lo sucedido me parece que explica parte de lo que nos pasa, la enorme rigidez que tiene toda la red de marcas, y el hecho de que el trabajo de gente que sabe arreglar cosas acabe por ser casi ilegal, con coches, PC, con casi todo. Así nos va. 

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