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domingo, 14 de agosto de 2011

Hotel de playa sin conexión

Por tercer año consecutivo he pasado una semana en un hotel a orillas de la playa. Es un hotel antiguo, pero con pretensiones, con historia. Supuse que este años habrían arreglado el desastroso sistema de conexión a Internet para los clientes, pero ha empeorado, por el contrario, quizá simplemente porque son más los clientes que tratan de usarlo. Resulta realmente incomprensible que un hotel de esta categoría siga sin tener una buena conexión en las habitaciones. Es probable que fuese conveniente que no se tolerase la cosa, porque, la verdad, resulta asombroso, a estas alturas, que a los viejos propietarios del pretencioso hotel les siga pareciendo un capricho que algunos clientes necesiten conectarse. Los primeros que pierden son ellos, que se condenan a no tener una clientela de mejor nivel, porque es impensable que un profesional se pueda pasar más de una semana sin asomarse a ciertos lugares de la red. 
El caso es que con el disgusto que me produjo la situación di en pensar que este Hotel es un buen ejemplo de los males que aquejan a la economía, la pretensión de seguir explotando un negocio como si el mundo no cambiase, la creencia de los dueños, una familia insoportablemente cursi y altiva, en que les asiste el derecho a seguir gozando de unas rentas pingües, de manera indefinida, y sin hacer esfuerzo ni inversión alguno. No creo que vaya a volver, aunque el Hotel se beneficia de un lugar realmente único, y lo digo yo que tengo una indiferencia preocupante hacia las ventajas y beneficios de la playa, porque preveo un final desastroso de este Hotel que se cree algo así como una institución inalterable por su propia naturaleza, no en vano se inauguró en 1963, y allí sigue, desde entonces, como si tal cosa, pero envejecido, anticuado, absurdamente fuera del tiempo, con las plazas de aparcamiento del tamaño de un Seat 600. 

1 comentario:

Karim Gherab Martín dijo...

Yo a un hotel que no tiene o no le funciona internet, no vuelvo. Hace un año fui a un hotel en Bilbao que, supuestamente, tenía WIFI, pero éste no funcionaba el día que llegué. En la recepción me dijeron que tendría que esperar un o dos días, a que viniera el técnico. Le respondí al señor de la recepción que le diría él al recepcionista si éste le dijera que en el hotel no había agua y que tendría que esperar uno o dos días a que viniera a arreglarlo el fontanero. Poco después organicé una conferencia en Bilbao, a la que asistieron 140 personas, y naturalmente no recomendé ese hotel a los conferenciantes.

Más recientemente, fui a un hotel de Granada, el Hotel Vincci, que sólo daba 1 hora de internet en la sala de recepción a los clientes. Si uno quería navegar más, tenía que pagar. Resulta que ha dado la casualidad de que en septiembre organizo un simposio con 30 invitados en Granada, y, como es natural, he decidido que ese hotel no es el destino idéno para mis invitados.

¿En ambos casos quien ha perdido más, el hotel o yo?