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lunes, 1 de agosto de 2011

Confundir la velocidad con el tocino, a propósito de Nicholas Carr



Esta era la expresión usual para descalificar los errores de concepto cuando yo era un niño, hace mucho. Como todo lo radical y despectivo tiene su atractivo, y sus riesgos, pero confieso que es lo que se me viene a la cabeza cada vez que leo u oigo a alguien despotricar contra Internet y explicar lo muy profundo y reflexivo que él llega a ser con sus libros. No conozco la obra de Nicholas Carr, y voy a leerla porque parece persona sensata; sin embargo, muchas de sus proclamas me parecen que están enteramente al servicio de un prejuicio y solo sirven para convencer a los previamente convencidos, por ese prejuicio o por otros, o por las dificultades de la edad. La última referencia al autor y a esos temas ha sido un artículo de Vargas Llosa, en plan tuttologo, aunque sensato, en el fondo. Los argumentos carrianos son aparentes, pero distan de tener prueba alguna. Él aduce su testimonio como yo podía aducir el mío, y tantos cualesquiera otros, pero afirmar que la lectura en una pantalla, es una experiencia muy diferente que leer un libro, pues es algo que vale exactamente lo mismo que su contrario. Decir que el libro aísla y el ordenador dispersa, pues depende: recuerdo mañanas perdidas en bibliotecas a las que iba a por algo y no conseguía llegar jamás a mi objetivo, distraído por las maravillas a mi alcance: ahora es más rápido, pero no peor, creo. En fin, que lo de la lectura profunda me parece una pedantería. Pero me propongo leer a Carr a fondo, pues solo he visto referencias y entrevistas aunque me da miedo que me obligue a marcharme, como él, a Colorado, a vivir en una cabaña sin teléfono, lo que tampoco estaría nada mal, pero no hay riesgo porque no soy americano ni mis libros se han traducido a 20 lenguas, a pesar de Internet.

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