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martes, 28 de junio de 2011

Panta rei

Todo fluye en el paradójico mundo de los bits, de los unos y los ceros, que, a primera vista, pueden parecer entidades inmutables. Microsoft empieza a vender su Office en la nube siguiendo la tendencia que ha marcado Google Apps y, al tiempo, la competencia entre teléfonos, tabletas, portátiles y artilugios mixtos, por ejemplo esas dock stations que sirven para transformar un smartphone en un portatil y cosas así, es cada vez más encarnizada. Nada que se esté quieto tiene el porvenir asegurado, y tampoco lo tiene todo lo que se mueva por el hecho de moverse, porque, de hecho, los liderazgos empresariales y las marcas están  en permanente crisis, en riesgo de desaparecer. Nombres que hace unos meses eran promesas, se pierden y los grandes del negocio parecen, con gran frecuencia, tener plomo en las alas. Todo parece converger, y, sin embargo, los modelos a que tiende esa supuesta convergencia son desconocidos porque se trabaja al dictado de un mercado que aprecia la innovación, pero que no sabe muy bien qué es lo que quiere, salvo que sea nuevo. No me gusta nada el tipo de críticas que se funda en los supuestos excesos de la innovación, en la torpeza del mercado y cosas así, pero hay que reconocer  que los partidarios de criticar la tecnología y sus excesos tienen sitios a los que agarrarse. Las marcas tienen que estrujarse las meninges para vender como grandes modificaciones lo que la mayoría de las veces no es sino un restyling modesto. Pues bien, todo cambia menos una cosa, las tarifas de banda ancha española siguen siendo las más caras de Europa, y eso que aquí casi inventamos lo de los indignados.