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jueves, 24 de marzo de 2011

¿Derechos infinitos?

Me escribe David para conocer mi opinión sobre la noticia  de que un juez pone coto  a las pretensiones de Google de digitalizar viejos libros, huérfanos, como suele llamárseles. Le he contestado como sigue:
Aún no  he leído el texto del NYT, ni otros que glosan la noticia, sobre el que me había llamado la atención alguna de mis alertas o avisos de amigos, como tu mismo. Es un tema ya largo y sobre el que no tengo una opinión formada, sobre todo, porque la legislación americana, y su sistema judicial y de garantías, son lo bastante diferentes a lo que solemos considerar "normal" en esta ínsula, de manera que nunca sabes bien con quién estarías de entender bien lo que exactamente se discute. De cualquier forma, tiendo a considerar que el entorno digital tiene que forzar una redefinición de lo que han sido los derechos tradicionales de autores y editores, y tiene que tratar de que casen de una manera más permisiva que en la tradicional, que también lo es a muchos efectos, es decir, siempre que no haya grandes sumas de dinero en supuesto o efectivo juego, con los intereses informativos y creativos  de creadores y lectores. Toda publicación puede ser vista como una forma de dar a conocer un saber y es enteramente absurdo, en el fondo, sugerir que exista alguna especie de derechos sobre una verdad nueva. De ser así, los herederos de Pitágoras, Euclides, Newton, Leibniz o Pasteur, deberían ser multimillonarios, y no es el caso. Los músicos y los editores se las han arreglado muy bien para hacer que los usuarios de sus creaciones les paguen un canon que se podía estimar con gran nitidez en condiciones muy bien definidas en el pasado, pero que ahora han cambiado por completo, y más que van a cambiar. Me parece de perlas que intenten que sobrevivan sus negocios, pero no al precio de prohibir iniciativas de terceros que entiendo suficientemente apoyadas en criterios de carácter general que no me parecen discutibles, como, por ejemplo, el derecho a progresar, a avanzar, a usar el saber disponible, o ideas de este estilo. No entiendo, por ejemplo, que se prohiba a Google disponer de libros perdidos en bibliotecas que nadie, o casi nadie lee, entre otras cosas, porque se ignora su existencia (no veas lo que ocurre con ciertos fondos de muchas bibliotecas españolas), pero, en fin, es un tema largo y en el que sería temerario afirmar la existencia de derechos indiscutibles y eternos, tanto en un sentido como en el otro. 


2 comentarios:

David dijo...

Querido José Luis:

Yo ando bastante perdido en todo esto de los bienes y servicios digitales, los modelos "open-", y demás. Por un lado, no entiendo muy bien los modelos de negocio de lo aparentemente gratuito (pero sí lo que pareces proponer tú: ediciones digitales baratas pero mucho más difundidas; aunque aun a esto le veo dificultades: muchas más obras --> menor visibilidad y menor mercado para cada una), y por otro no sé hasta qué punto suponen una subversión del derecho a la propiedad privada, que siguiendo una ideología liberal en lo económico (en el sentido de la definición de "right (political)" de Simon Blackburn, de la que ya comentamos algo) no veo por qué no podría aplicarse a la información (bueno, veo algunas diferencias con otros tipos de bienes, pero por no complicar las cosas, dejémoslo así). Que conste que yo no considero ese derecho como sacrosanto, pero muchos de quienes defienden el modelo "open-" (entre ellos, Google) está claro que sí. Además, creo que hay que tener mucho cuidado en estos temas, pues detrás de unas aparentes intenciones de compartir con todos puede haber, fácilmente, el deseo de quedarse para sí lo que ahora es de otros.

Un abrazo,
David

José Luis González Quirós dijo...

Para David: Tienes más razón que un santo en cuanto dices. En particular, el derecho de propiedad intelectual es enormemente paradójico y, como tu dices, uno de los que parecen atacarlo, o sea Gooogle, lo defiende, en el fondo, a capa y espada. Es, desde luego, un tema muy complejo, como debió serlo establecer el régimen de propiedad de las tierras en la época del bellum omnium eraga omnes de Hobbes, y, aunque no sé si la comparación es excesiva, me temo que algún fundamento tiene. Está también el argumento anti-monopolio que es bastante notable. Me parece un caso curioso de la dificultad, mucho más general, que existe para defender principios frente a casos, lo que da origen a la casuística, tan humana como intelectualmente impresentable, en cierto modo, al menos. Bueno es que haya cosas que discutir, de cualquier modo, y que no las decida el comité central del partido, aunque a veces pudiera ser más inteligente e incluso justo, digo yo. El argumento anti monopolio no debiera servir para evitar que tipos más capaces, listos y suertudos, como los de Google, puedan vivir de lo que inventan, y, además, es ilusorio decir que porque Google está donde está ya nadie va a poder desplazarlos: ¿se acuerda alguien de donde estaba IBM antes de Bill Gates? Un abrazo,