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jueves, 24 de febrero de 2011

Hasta aquí llegó la neura


Hay que reconocer que los que creen que un libro es esencialmente un conjunto de hojas impresas y cosidas se desviven para demostrar que cuando se lee un texto digital en un dispositivo electrónico cualquiera se hará lo que sea, pero no se lee. El último comentario neurótico de este tipo me ha llegado a través del siempre interesante blog de Arcadi Espada quien, inopinadamente, se ha convertido en el paladín de uno de los acorazados al servicio de los reticentes con la libertad digital, especialmente con lo que considera imposible gratuidad, aunque él no sea nada contrario a los inventos. Pero dejemos a Arcadi, no sea que nos haga, lo que sería un honor inmerecido, objeto de una de sus broncas, como, me temo, le reprocha acertadamente David Gistau, y fijémonos en los argumentos en los que me ha hecho fijarme. Tengo que reconocer que estoy completamente de acuerdo con las críticas hacia los monopolios tecnológicos, hacia formas de dependencia peligrosas; algo de esto ya pasaba con la literatura impresa, no cabe duda, pero se exagera innecesariamente con los servicios y las pretensiones de un Amazon o de un Google. La solución vendrá con el tiempo: libros digitales baratos (es de broma que se pretenda que los lectores sigan pagando los precios que, de momento, les van bien a los gigantes), de mucha calidad, miles de nuevos editores y distribuidores. Con un panorama más plural se acabarían muchos de esos males, pero tardará en llegar, aunque llegará. Me temo que las jeremiadas sean eternas, sin embargo.  

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