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martes, 18 de enero de 2011

Steve Jobs

Una de las noticias más repetidamente oídas a lo largo de todo el día ha sido la de la baja médica de Steve Jobs, el auténtico icono de Apple, cuya salud no es tan buena como la de su compañía. Jobs es un luchador, pero la noticia ha dañado la reputación de Apple porque existe el temor de que la compañía pueda abandonar la senda virtuosa recorrida bajo su liderazgo. Es extremadamente notable que una compañía tan sofisticada y eficiente dependa de una manera tan decisiva de su líder. En realidad, quien depende de eso es, más bien, la imagen de la compañía, pero los mercados son histéricos y tienden a preferir, como se sabe, las mentiras del día a cualesquiera clase de supuestas verdades eternas.
Jobs no es, desde luego, un directivo cualquiera sino, en todo caso, un personaje que ha logrado imponer su estilo y tener enorme éxito, hasta el punto de que uno de los problemas de Apple es que hay que decidir lo que se hace con sus enormes beneficios, y los mercados no se fían de que alguien distinto a Jobs vaya mantener el mismo nivel de excelencia en el acierto. Tal vez se equivoquen y acabe sucediendo que después de Jobs venga alguien que lo deje convertido en un ejecutivo de transición, pero no parece probable.
Detrás de los mercados hay mucha racionalidad, pero también bastante creatividad, incluso surrealismo y disparate, y saber llevar de la mano a estos dos corceles, el uno lento y con tendencia a la monotonía, el otro raudo e imprevisible, no está al alcance de cualquiera. Me parece que es esta clase de habilidades, que tantas veces dependerán de la fortuna, las que definen a un buen empresario, a un tipo capaz de romper moldes. Comparados con él, los demás son obreros, especialistas, gente que sabe, pero que no sirve para dar tono y vivir a lo grande en medio de rumores, pasiones y mitos. Y cuando se vive de esa manera, como sucede con las Bolsas, cualquier mínimo suceso puede llegar a dejar en mantillas al llamado efecto mariposa, una cosa que han inventado los físicos para sentar plaza de imaginativos, pero que, comparados con el torbellino financiero, resultan ser aburridamente previsibles.

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