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domingo, 27 de septiembre de 2009

Paradojas y demonios en el mundo digital: ¡para guardar tenemos que borrar!

En un blog anterior escribí sobre un nuevo servicio que la Universidad de Harvard puso a disposición de su comunidad académica recientemente. El servicio consistía en que el usuario solicitara un capítulo de un libro custodiado por la biblioteca de la universidad, y en pocos días recibía una copia escaneada en su buzón de correo electrónico. Obviamente, por problemas con el copyright, se tomaban las precauciones necesarias para que un mismo usuario no pudiera obtener todos los capítulos del libro. La legislación estadounidense permite sólo la copia de un único capítulo.

Resulta que hace unos días coincidí con un amigo bibliotecario en la reunión de té que organiza el departamento de Filosofía de Harvard cada dos semanas, y me dejó perplejo con el funcionamiento del servicio de escaneado de libros. Lo que me contó me dejó con una sensación (más fuerte que nunca) de que el progreso del conocimiento a través de la tecnología digital es incompatible con las licencias de copyright. Pero antes de transcribir aquí lo que me contó, déjenme que les cuente un relato sobre un peligroso demonio que apareció a mediados del XIX.

En el siglo XIX, el gran físico James Clerk Maxwell, además de unificar en una sola teoría la electricidad y el magnetismo, dejó un gran dilema a los físicos del siglo XX. Maxwell imaginó una hermética caja dividida en un par de recintos y con dos gases mezclados en su interior. En la pared que separa ambos recintos había un demonio (luego conocido como "El demonio de Maxwell") que se encargaba de abrir y cerrar una compuerta con el objetivo de separar ambos gases.

El problema ponía en jaque al que es probablemente el descubrimiento más importante de la historia de la física: el concepto de entropía. Rechazar la entropía (que, muy resumido, mide el grado de desorden de un cierto gas) significaba rechazar la Segunda Ley de la Termodinámica, por lo que los físicos se apresuraron en intentar dar una explicación al experimento imaginado por Maxwell. Ya en el siglo XX, un par de físicos de IBM, Rolf Landauer y Charles H. Bennett, resolvieron el dilema haciendo constar que cada vez que el demonio abriera la compuerta para dejar pasar una molécula de gas, esto equivaldría a guardar un bit de información en algún registro. No obstante, a cada nueva ocasión que el demonio dejara pasar una molécula, tendría que borrar el bit anterior para poder registrar el nuevo. Pero el borrado de información, como demostró Landauer, no sale gratis, sino que disipa una pequeña cantidad de energía en calor, la suficiente como para poner fuera de peligro el concepto de entropía y la Segunda Ley de la Termodinámica.

En el mundo digital no tenemos problemas de espacio a la hora de guardar información, y tampoco carecemos de "demonios" en la Red, bibliotecarios (profesionales y amateurs) que organizan los textos con encomiable diligencia. Pero hay un demonio de verdad que se nos aparece de nuevo y que pretende poner en jaque el avance que supone la colaboración social a través de la Red: el copyright. Este demonio se encarga de disipar conocimiento en billetes que van a manos de unos pocos (que, dicho sea de paso, no suelen ser los autores intelectuales de los textos).

Volvamos donde nos habíamos quedado: el servicio de escaneado de la Universidad de Harvard. Le pregunté a mi amigo bibliotecario si, para ahorrar tiempo, la universidad guardaba las copias que iba escaneando, de tal manera que si otros usuarios solicitaban la misma copia que yo había recibido dos meses antes, era suficiente con recuperar dicha copia para enviarla a los nuevos peticionarios. Su respuesta fue la siguiente: una vez que se escanea y se envía la copia, ésta se destruye como medida de precaución, se borra inmediatamente de los servidores de la universidad.

A cada nueva petición, la universidad tiene que volver a escanear los mismos capítulos. No puede guardarlos. ¿Porqué? Si se guarda una copia de un capítulo de libro, y otro usuario pide otro capítulo distinto del mismo libro, el servidor de la universidad contendría entonces dos capítulos-copias distintos del mismo libro, y ¡esto es ilegal!

Por tanto, la universidad tiene que destinar recursos a escanear infinitas veces, tantas como sean necesarias, los mismos capítulos una y otra vez... en lugar de destinar dichos fondos y recursos a labores más importantes. En pleno siglo XXI, el demonio reaparece de nuevo, pero esta vez, visto que nos queríamos burlar de él inventando la tecnología digital e Internet, quiere hacer reinar el desorden y la entropía. "¡Si quereis entropía, aquí teneis dos cazos!", parece querer decirnos el demonio.

Tenemos un nuevo demonio (¿quizás el de Gutenberg?) que exorcizar, pero soy optimista. Hasta ahora casi siempre ha ganado el Bien sobre el Mal.

3 comentarios:

José Luis González Quirós dijo...

La justificación lógica del copyright, es decir, de la forma en que se cobran los derechos o de los impedimentos que se ponen a la copia, es un ejemplo casi inmejorable de incoherencia. En realidad lo que ocurre es bastante simple, a saber, no hay ninguna justificación básica de las restricciones porque lo único que hay es unas prácticas que han llegado todo lo lejos que se les ha permitido llega; por ejemplo, los músicos de la SGAE pretenden que los taxistas paguen un canon porque pueden llevar la radio encendida y se pueda oír canciones sobre las que ellos tienen derechos. Uno podría quedar asombrado si sabe que la emisora ya ha pagado por emitir esas canciones, de manera que hay un multiplicador de derechos potencialmente infinito cada vez que alguien emite una canción. Es como si los pintores tuviesen derecho a cobrar cada vez que alguien ve su cuadro, la única diferencia es que los pintores se han organizado de manera distinta. Los llamados derechos de copyright, más allá del derecho moral del autor a ser reconocido como autor de sus obras, no tienen otro fundamento que la capacidad de presión de los interesados para obtener un pago de ciertas maneras perfectamente arbitrarias, son derechos que se fundan exclusivamente en el hecho de que se establezcan, se acepten y se paguen, en nada más. Es evidente que el entorno digital dificulta mucho la persistencia del modo de cobro propio de la imprenta y obliga a ridículos absurdos como el que cuentas. Hay que cambiar todo eso, pero será un proceso lento.

mgv dijo...

Querido Karim:

La anécdota que cuentas en tu post me ha recordado a una idea que una vez escuche a la gente de la rama española de la Biblioteca Digital Matemática (DML, un proyecto para digitalizar y hacer accesible toda la literatura matemática). Proponían que la digitalización se hiciese de forma descentralizada, substituyendo las fotocopiadoras de las bibliotecas de los departamentos de matemáticas por scaners con una conexión de internet. De modo que cada vez que un matemático necesitase una copia de un artículo, se hiciese una contribución al proyecto DML. Las distintas digitalizaciones que se realizasen en distintos lugares (a partir de originales en mejor estado, con scaners de mejor calidad o simplemente con un trabajo más cuidadoso) ayudarían a mejorar poco a poco la versión final de la obra en la biblioteca digital. Me parece que era una idea brillante, muy dysoniana por lo que me gusta recordarla aunque que quizás fuese muy difícil de llevar a la práctica.

Un profesor español que trabaja en una universidad norteamericana protagonizó otra anécdota relacionada. En la época en que las revistas científicas empezaron a ofrecer suscripciones digitales y pararon de enviar copias físicas de las revistas a las bibliotecas universitarias hubo cierta confusión con los contratos. Al parecer no estaba claro si tras la cancelación de una suscripción se mantenía el acceso a los ejemplares pagados años atrás. En cierto debate se propusó que, ante la duda, los bibliotecarios copiasen digitalmente esos ejemplares. Este profesor contó que el había programado un robot en su universidad para dicha tarea y que al poco tiempo fue detectado por
una de las grandes editoriales. La editorial cerró inmediatamente el acceso de toda la comunidad universidad a todas sus publicaciones. El profesor tuvo que dar explicaciones a algunas autoridades académicas y enviar una carta de excusas formales a la editorial.

Por último, una pregunta para los bibliotecarios de Harvard. Imagino que la forma más común de remitir los capítulos de los libros a los usuarios del servicio que describes es el correo electrónico institucional y que muchos usuarios guardarán en el servidor copias de sus correos durante largo tiempo. Me gustaría saber si en Harvard comprueban, y en dicho caso cómo lo hacen, que en el servidor de correo de la universidad no hay archivados más de dos capítulos del mismo libro.

Un abrazo,

Karim Gherab Martín dijo...

Lo de la SGAE y los taxistas es de traca...

La idea gente de la rama española de la Biblioteca Digital Matemática creo que se ha llevado a cabo en www.archive.org, donde tienen muchas copias que han ido aportando los usuarios de la mismas obras. Sólo que en este caso, se guardan todas las versiones y no solo las "mejores". Además, tienen un sistema de aviso para los lectores, que pueden avisar si ven erratas, etc.

En cuanto a la pregunta a los bibliotecarios de Harvard, te la respondo yo mismo.
En efecto, en mi post dije que enviaban un correo electrónico con la copia digitalizada. Esto no es así. Dije "correo electrónico" por no complicar la explicación, pero no me di cuenta del problema que, muy acertadamente, comentas.
En realidad, no envían las copias de los capítulos por correo electrónico, sino que te ponen un enlace en tu cuenta cuando accedes a la Intranet. Supongo que así se aseguran de que sólo hay una copia en el servidor. Una vez descargada, el sistema te pregunta si quieres eliminar el enlace (que no significa necesariamente que se borre la copia del servidor) o si quieres seguir conservándolo durante un tiempo ya predeterminado, creo recordar que era un mes o algo así.

Finalmente me gustaría comentar otra diferencia más que hay entre las revistas digitales y las impresas. Hace unos días leí en un informe que ha publicado la Comisión Europea sobre la digitalización de revistas científicas, que las revistas académicas impresas están exentas de cierto impuesto (creo que era el IVA), mientras que las revistas digitales no están exentas, lo cual complicaba también los contratos entre las editoriales y bibliotecas.