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jueves, 9 de julio de 2009

Sobreabundacia de libros y remedios digitales


Lindsay Waters. Enemies of Promise. Publishing, Perishing, and the Eclipse of Scholarship. Chicago: Prickly Paradigm Press, 2004.

“I don’t mind your thinking slowly I mind your publishing faster than you can think”


Con esta cita del célebre físico teórico austriaco de principios del siglo XX, Wolfgang Pauli, empieza su libro Lindsay Waters, editor del área de Humanidades de Harvard University Press. Originalmente publicado en 2004 este breve libro de 91 páginas ha adquirido un cierto impulso en fechas recientes (al menos en Boston, donde lo adquirí) del que no gozó en su lanzamiento.


En honor a la verdad, un buen número de páginas del libro son candidatas al olvido, pero dos aspectos de la obra tienen su interés. El primero tiene que ver con algo que José Luis González Quirós no ha cesado de repetir, a saber, que se publica mucho pero en realidad se dice muy poco. Así, la tesis principal de Lindsay Waters es que el mercado editorial está repleto de textos que no aportan nada nuevo; ni al conocimiento, ni a la literatura. Peor aún, textos que nadie lee (p. 18). No obstante, Waters advierte que este fenómeno no es espontáneo, sino que tiene que ver con la manera en que las autoridades norteamericanas contemplan las ciencias y las humanidades tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial. El resultado, según Waters, es la destrucción misma de las Humanidades.


El segundo aspecto interesante son algunas cifras que aporta. Por ejemplo, señala que el número de nuevos libros publicados por el MIT y las universidades de Columbia, California y Princeton se ha duplicado en los últimos 20 años; el de Yale e Indiana se ha triplicado; y el de Stanford se ha sextuplicado. De modo similar, Cambridge y Oxford publicaron 2.376 y 2.250 nuevos libros respectivamente en el año 2000, mientras que sus ofertas eran de 543 y 802 nuevos títulos respectivamente en 1980.


Waters ataca frontalmente el paradigma métrico que domina la política académica. Es decir, sostiene que la imperiosa necesidad de publicar que tienen los investigadores de todas las áreas del conocimiento con el fin de competir por becas, plazas académicas, subvenciones, quinquenios y demás, ejerce una presión brutal sobre el número de obras que se publican anualmente. El resultado es que se publica mucha arena y poca cal. Se ha de publicar aunque no se tenga nada que decir ya que, como reza el implacable dicho del “publish or perish”, el fracaso está a la vuelta de la esquina si uno no engorda la métrica de sus publicaciones. Y si no se puede por calidad (para pertenecer al “celebrity star system”, p. 11), entonces que sea por cantidad, lo que viene a ser lo mismo que recurrir al coloquial: o por las buenas, o por las malas. Waters escribe un desesperado: “I protest for the sake of the good books that get lost in the flood of bad ones” (p. 18).


No ha sido casual llegar a esta situación, añade Waters. El gran impacto que tuvo la ciencia en la Segunda Guerra Mundial llevó a los funcionarios gubernamentales a medir con precisión sus avances. El poder de la ciencia fue especialmente visible en los efectos de la bomba atómica. Medir el número de publicaciones y su impacto en la comunidad académica se convirtió en sinónimo de medir el avance científico. Poco a poco, la ciencia se fue convirtiendo en una burocracia de corte industrial, y con ella lo fueron siendo también las publicaciones universitarias. Pero añade Waters que, al regirse la industria y las finanzas estadounidense y británica por los parámetros liberales de Reagan y Thatcher a partir de los años 80 del siglo pasado (lo que en tono despectivo denomina “Reaganomics”, p. 9), el mundo editorial se ha visto obligado a adoptar las mismas reglas de sumisión a los números en detrimento de la calidad:


“My guess, then, is that the phony profits of Enron are like the false achievements of academia, represented by mountains of unloved and unread publications.” (p. 7)


“The problem is that the advocates of the market say that what cannot be counted is not real.” (p. 9)


La sospecha de Waters acerca de la mala influencia que el libre mercado de bienes y servicios ejerce sobre el mundo de las ideas, un mundo materializado en libros y artículos, queda perfectamente ilustrado en el siguiente ejemplo: tras mencionar una propuesta del premio Nobel de Economía de 1991, Ronald H. Coase, que sugería similitudes entre un mercado de bienes y un mercado de ideas (p. 9), Waters se apoya en una cita de otro premio Nobel de Economía (2001), Joseph Stiglitz, que afirma que la creencia de que los mercados asignan los recursos de manera más eficiente es falsa y que lo que realmente hacen es generar las presiones necesarias para aumentar la productividad (p. 11).


Es importante señalar que el principal objetivo de los ataques de Waters no son las editoriales comerciales privadas, sino las editoriales universitarias. Este modelo editorial basado en la métrica del libre mercado ha conducido pues a la burocracia administrativa en el que se encuentran la mayoría de publicaciones universitarias:


“Basically, it’s a dog eat dog world out there and it has only gotten worse as the universities have been let loose upon each other to fight for money in any way they can get it” (p. 15).


Pienso que acierta Waters cuando afirma que las métricas miden más acertadamente las cantidades que las calidades y que ello ha conllevado a una sobreproducción tan innecesaria desde la perspectiva epistémica como inevitable desde la visión pragmática de un gestor moderno. Sin entrar a valorar las comparaciones que traza Waters entre neoliberalismo económico y los males que aquejan al mundo editorial universitario, no cabe duda que la Segunda Guerra Mundial significó el comienzo de una disciplina que se ha dado en llamar bibliometría o cienciometría, que en realidad no es más que un intento de hacer una ciencia de la ciencia. Con el tiempo, las Humanidades se han visto sometidas a los mismos grilletes métricos. Waters lo expresa hábilmente recurriendo a una buena cita de Peter Lawrence (en Nature, 2003):


“Managers are stealing power from scientists and building an accountability culture.” (p. 20)


Conviene no olvidar, en relación con esto, que varios editores de las revistas más destacadas en el área de Historia de la Ciencia, la Tecnología y la Medicina se han unido recientemente para enfrentarse a los planes de la European Science Foundation de crear el European Reference Index for the Humanities (ERIH), un índice de impacto de revistas de Humanidades.


No puedo estar del todo de acuerdo con Waters y con estos editores “rebeldes”. Sin duda llevan razón al insistir que la riqueza intelectual de un texto va más allá del número de citas que obtiene, y que el método de medir citas y establecer factores de impacto es hasta cierto punto arbitrario, probablemente injusto, y que se presta en ocasiones a ingeniosas trampas por parte de los más pícaros. Sin embargo, no por ello debemos demonizar las citas y los factores de impacto, un método ingenioso elaborado por Eugene Garfield con el objetivo de hacer de la ciencia una ciencia de sí misma. Habrá que corregir cosas, como por ejemplo que un artículo malo sea considerado como bueno solo por el hecho de estar publicado en una revista de alto factor de impacto. O bien que un luminoso artículo se encuentre olvidado en una revista ubicada entre las más profundas sombras del bosque académico. Y cuando hablo de sombra me refiero por ejemplo a los diversos idiomas que existen en nuestro planeta, como bien podría ser el caso de un brillante artículo publicado en una revista rumana. La tecnología digital puede ayudarnos considerablemente a la hora de refinar las mediciones que Waters desprecia.


Waters continúa escribiendo sobre las implicaciones que la tiranía de los números (“the audit society”, según la afortunada expresión de Michael Polanyi) ha tenido en los presupuestos de las bibliotecas, en especial en lo referente a la adquisición de revistas científicas. Por ejemplo (p. 29), la biblioteca de la Universidad de Nueva York (NYU) gasta un 25% de su presupuesto en adquirir revistas únicamente de la casa editorial Elsevier y otro 25% en adquirir revistas pertenecientes a otras dos o tres editoriales comerciales. Unos datos más escalofriantes (p. 37) son los de la Universidad de California, que si en 1980 gastaba (de su presupuesto destinado a adquisiciones) un 65% en libros y un 35% en revistas, en 2003 destinó un 20% a la compra de libros y un 80% a las suscripciones de revistas.


Waters finaliza la obra adentrándose en oscuras disquisiciones filosóficas en las que menciona a John McDowell, Richard Rorty, Stanley Fish y Michel Foucault, entre otros. Lo más interesante del final es su mención de las publicaciones electrónicas. Conviene transcribir el texto y hacer una breve reflexión:


“Some have suggested that the new possibilities foe Electronic Publishing will alleviate our problems. In the wild ideas of some dreamers the new world of electronic publication will actually be an improvement over books. To think this way is to fail to understand that electronic publication will only make the situation worse. Moreover, it will make things worse in a way that undermines the principles behind the culture of the book.” (p. 79)


Decía al comienzo de esta reseña que Lindsay Waters enfatizaba acertadamente la abundancia intelectualmente estéril de revistas y libros académicos. No obstante, el extracto anterior muestra claramente que es Waters quien no entiende verdaderamente el alcance de la tecnología digital. Waters cree que la tecnología digital servirá en el futuro únicamente (tal y como señala en algún lugar de su libro) para aliviar las estanterías y reducir gastos. Muy lejos de esta apreciación simplista, la tecnología digital ofrece el poder de la búsqueda. Un libro debidamente digitalizado es un libro que ha sufrido el pertinente proceso de OCR. Hacer de un libro un texto indexado, es decir, un libro cuyo texto interior es recuperable con la ayuda de un buen buscador, significa abrir el libro. Un libro digitalmente abierto es un libro que permite al investigador recuperar más rápido aquello que le interesa. Pero la tecnología digital no sólo permite al libro estar más abierto a las búsquedas, sino que le permite estar mejor conectado. Un libro digitalmente conectado, gracias a técnicas como el hipertexto, es un libro que permite al investigador saltar a otro libro instantáneamente, cotejar una enciclopedia en tiempo real, o bien comparar ese texto con otros formatos audiovisuales. Estas propiedades de lo digital inciden a la hora de dotar de mayor velocidad a la Ciencia y a las Humanidades, mejorando nuestra capacidad por evitar el tránsito por textos indeseados.


En este sentido, José Luis González Quirós, que ha denunciado los mismos peligros de sobreabundancia informativa indeseada que menciona Lindsay Waters, ha sabido ver en la tecnología digital, no una herramienta que empeoraría la situación, sino el remedio que nos ayudará a sacar a flote sólo lo bueno. Tanto Waters como González Quirós han acertado en el diagnóstico, pero la cita de Waters muestra desconocimiento en cuanto al medicamento a recetar. Una vez más, al igual que otras circunstancias vitales con las que el ser humano ha tenido que lidiar, la tecnología es la solución a la sobreabundancia. Sin duda se trata de una empresa que llevará años, pero lo haremos convencidos de que caminamos hacia delante en lugar de hacerlo hacia atrás.


1 comentario:

José Luis González Quirós dijo...

Muchísimas gracias por tu generosa mención; si, en verdad, te refieres a alguna clase de méritos objetivos, sabes que los compartimos. No conocía a Waters y tu reseña me parece que explica muy bien una manera de pensar nostálgico-revolucionaria que es un tanto paradógica pero muy influyente. Yo creo que en el mercado hay competencia y posibilidades de buena asignación de recursos (siempre a largo plazo, dado un sector cualquiera y un espacio definido), pero hay también muchas otras cosas, entre ellas, ruido, competitividad que se podría tildar de innecesaria, y un sinfin de inconvenientes, pero en particular, el "mercado" académico y el de los bienes culturales creo que pueden sufrir más con el mandarinato bien establecido que tantos añoran (y que es síntoma de debilidad general) que con el caos creciente caos que tanto molesta, a los añorantes y al resto.