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lunes, 5 de enero de 2009

Memoria digital vs. olvido digital


Manfred Osten La memoria robada. Los sistemas digitales y la destrucción de la cultura del recuerdo. Breve historia del olvido; Siruela, Madrid, 2008.

En este ensayo, breve a pesar del largo título, Osten desarrolla varios temas que se van cruzando: la aceleración histórica, las consecuencias que la misma tiene en cuanto a la progresiva dificultad de conservar la memoria, los problemas histórico-sociales-culturales del olvido, y los sistemas de archivo digital. Esta cuadrangulación es interesante y tiene una obvia lógica relacional, que no ha pasado desapercibida ni al autor ni a los pensadores en que se apoya. Porque, digámoslo ya, Osten no es un gran pensador. No es un filósofo al uso, ni siquiera un fino ensayista, sino una persona inteligente que sabe leer libros y artículos de manera cruzada, tejiendo un texto a partir de las referencias de otros. No estamos defendiendo una absurda actitud de no citar a nadie, sino criticando la extendida costumbre de que las citas de los demás sean la parte más importante del texto, no por cantidad sino cualitativamente, obliterando aquella otra donde se exponen –o debieran exponerse– las hipótesis propias. La aportación de Osten es minúscula, y en realidad son otros pensadores alemanes (Harald Weinrich, Odo Marquard, Wolfgang Früwald, Wolf Singer, Wolfgang Hagen) los que sostienen el libro. Con todo, precisamente por la inteligencia lectora de Osten, el ensayo es muy interesante, por lo que tiene de clarificador en el planteamiento de los temas y por su labor difusora de los pensadores alemanes. Y enfatizo pensadores alemanes porque, en un gesto de cierto chovinismo alemán –por ser piadosos en la descripción– Osten escribe como si ningún pensador francés, norteamericano, español, chino o inglés hubiera escrito jamás sobre estos temas. Y si comenzar con unos rudimentos sobre filosofía de la historia puede hacerse, sin severos problemas, apoyándose exclusivamente en el pensamiento germano, conforme nos acercamos a la exposición de los sistemas digitales de archivo de datos, ciertas ausencias (Maldonado, Castells, Manovich) convierten al libro en un acercamiento muy limitado al tema de la consolidación de la memoria mundial. Osten parece ser uno más entre los numerosos pensadores que se acercan a los temas digitales sin saber lo que es una base de datos, un sistema operativo o una memoria en red. La ausencia total a lo largo del libro de referencias a los sistemas de trabajo en régimen Grid, por ejemplo, es una laguna crítica, porque apela directamente a la hipótesis de fondo del ensayo, esto es: que la aceleración histórica y los procesos de archivo de datos nos están sumiendo culturalmente en el olvido de la cultura tradicional. Desconocer algunos de los más importantes y revolucionarios modos de gestión de datos y procesos digitales, como el citado Grid, entre otros, desarticula la hipótesis y la deja a la intemperie de la Historia, que para algunos siempre incluye el pasado… pero casi nunca el presente. Pero vamos a examinar algunas ideas del ensayo con los menos prejuicios posibles. En las primeras páginas expone Osten algunas ideas que merece la pena comentar. Por ejemplo:


La secularización de todas las relaciones de la vida comienza bajo el signo de una rápida aceleración y de la leva de cualquier anclaje en una molesta memoria. Se trata pues de arrojar por la borda supuestos lastres a favor de una exclusiva orientación hacia el progreso (…) Un proceso que se acompaña de ulteriores y radicales rupturas de la continuidad de la memoria en forma de guerras mundiales, quema de libros y revueltas sesentayochistas. Pero sólo en la sociedad global de la información del siglo XXI parece que este proceso ha conseguido una dimensión que amenaza con superar todos los estadios hasta ahora alcanzados: tanto en el carácter ilusorio del supuesto alivio de la memoria mediante los sistemas digitales como en la tendencia a la liquidación de las instituciones tradicionales de la memoria (bibliotecas, teatros, óperas, museos, etc.).


La aceleración histórica desde la secularización es un hecho evidente; un pedagógico desarrollo histórico de la misma puede verse en el excelente libro de Reinhart Koselleck, Aceleración, prognosis y secularización (Pre-Textos, 2003), y es cierto que una consecuencia lógica es que los archivos culturales tienen menos tiempo para ser validados y su contenido asimilado por las sucesivas oleadas de procesadores, si queremos evitar el economizado término de consumidores. También es cierto, y muy triste, que asistimos, como dice Osten, “a la liquidación de las instituciones tradicionales de la memoria”, sobre todo de las bibliotecas, cuyos requerimientos de espacio físico casan mal con nuestros tiempos de especulación inmobiliaria. También se asiste, con dolor y resignación, al guillotinamiento masivo de ejemplares no vendidos de libros (recordemos el célebre caso de algunas colecciones de Alianza), por los altos costes de almacenaje, que es otra forma de liquidación cultural, en forma de incendio ecológico, ya que supuestamente los ejemplares guillotinados se convierten en pulpa para seguir imprimiendo. Pero en lo que no estamos de acuerdo es en la parte relativa (a la que se dedica el penúltimo capítulo del ensayo) a la dilapidación de la memoria colectiva (tradicional y/o histórica) por culpa de los problemas de compatibilidad de los soportes técnicos y de las memorias digitales. Sí, es cierto que “un PC moderno ya no está en situación de descifrar los contenidos del viejo Commodore” (p. 82). Ni falta que hace. Sí, es cierto que la BBC ha podido perder buena parte de sus contenidos visuales de los años 60. Mi hipótesis es que si eso ha sucedido es porque esos datos, como los de los viejos Commodores, en realidad no le interesaban lo suficiente a nadie. “Esto supone por una parte que se deje exclusivamente al parecer y criterio de las actuales élites de funcionarios el determinar qué contenidos de memoria estarán disponibles en el futuro y cuáles deberán considerarse obsoletos” (p. 85). Pues claro. ¿Acaso no ha sido siempre así históricamente? ¿No debemos a los funcionarios de los faraones los restos jeroglíficos de las tumbas, no debemos a los monjes medievales la supervivencia de la cultura anterior a ellos, no debemos a los eruditos árabes el rescate de los tratados de Aristóteles? Siempre hay una élite intelectual que decide, pero es que a esa élite es a la única que realmente le interesa la custodia de ciertos contenidos culturales. La ventaja es que los modernos medios digitales que Osten condena son, paradójica y cruelmente, los primeros en la Historia que han democratizado esos procesos de salvación del saber, y los han puesto a disposición de cualquier persona. En Wikipedia, un medio de conservación digital del saber que Osten, con pasmosa tranquilidad (será que no hay muchos contenidos wiki en alemán), ignora por completo en su ensayo, hay 180.000 colaboradores de todas las partes del mundo que han decidido sumarse a esa élite, del mismo modo que otros proyectos digitales, como el SAN (este sí citado por Osten), o la propia Encyclopaedia Britannica, que se ha pasado a la red. El resultado es que… ya no hay élite, por fortuna. Ahora somos decenas de millones de personas en el mundo las que mediante webs, wikis, blogs, videologs, fotologs, Youtube y demás recursos de almacenamiento cultural estamos dejando un testimonio de la cultura existente, tanto de aquella producida en marcha como de la almacenada durante siglos. El formato de almacenamiento de información conocido como byte es de los más reproducibles y perdurables que se han inventado, mucho más que las cintas de casete o las impresiones magnéticas o las tarjetas perforadas que ya pasaron a nuestro arcón de la memoria. Los bytes son líquidos, fluctúan, se almacenan fácilmente, y acumulan muchísima información en muy poco espacio. Will Wright, el creador del fascinante videojuego Spore estima que, en su creación, “un planeta entero, con su ecosistema, su orografía, sus civilizaciones y ciudades, cabe en 80 kilobytes, y que la cantidad de información necesaria para codificar un animal entero es apenas un par de kilobytes”[1]. Ochenta kilobytes es apenas el triple de lo que ocupa este texto en formato Word. Todo lo que he escrito a lo largo de mi vida no supera los cincuenta megas, de forma que en un CD-Rom cabe la obra completa de 14 escritores polígrafos y en un simple DVD la de 70. Guerra y paz se almacena, bien comprimida, en un diskete de 1’4. Mientras los sucesivos soportes informáticos funcionen con esta tecnología, y todo parece indicar que así será durante mucho tiempo, la capacidad humana de acumular información es simplemente inagotable e indestructible. La era digital, por tanto, no es la enemiga de la memoria ni la partidaria del olvido cultural, sino todo lo contrario. Los pesimistas como Osten o Weinrich sostienen que, como dice el último, “almacenar datos supone olvidarlos” (citado en Osten, p. 16). Podemos mirarlo así. También podemos mirarlo de este modo: “almacenar datos mecánica y universalmente es la única manera de garantizar que, cuando queramos recordarlos o necesitemos volver a ellos, estarán a nuestra disposición”. Que estos nuevos modelos de almacenamiento están afectando a nuestra organización cerebral es obvio, del mismo modo que la calculadora redujo nuestro potencial de computación y que la televisión ha reducido nuestra capacidad de atención continuada. Los pesimistas ven esto como una pérdida. Yo lo veo como una liberación, como el medio en que el propio hombre se ha dotado de instrumentos para liberarse de los trabajos pesados y mecánicos para dedicarse a trazar respuestas entre conceptos lejanos, del mismo modo que el automóvil nos permitió llegar antes a los sitios donde queríamos llegar. Fui opositor durante años. Llegué a almacenar de memoria miles o millones de datos que luego han devenido absolutamente innecesarios. Todavía sueño con las listas de bienes inmuebles del artículo 334 del Código Civil o con las penas para el robo con escalo. Algunas sentencias judiciales que vemos de cuando en cuando nos garantizan que saber de memoria la ley no garantiza siempre la justicia. Hay muchos críticos de literatura que han leído mucho y no se han enterado de nada. Hay gente que se estudia las guías de teléfonos. Yo me alegro por ellos. Pero me encanta haber comprobado, por mí mismo, que la memoria por sí sola no significa nada. Que lo importante no es tener todos los datos de alguna materia, sino saber los suficientes para entender y poder localizar los restantes cuando es necesario. Nuestro conocimiento es ya demasiado vasto para que un Goethe acumule todos los saberes de su tiempo. Hoy nuestro Goethe se llama Google. Este Googlthe es el único que puede rastrear nuestras epistemes casi por completo, con la ventaja de que es un instrumento (como cualquier otro buscador, como la Wikipedia o como la WWW) a disposición de usted, que lee estas palabras, a disposición de cualquiera que se acerque a Internet. La tecnología sólo es mala cuando se utiliza mal. Cuando se utiliza bien por los hombres la tecnología elimina el cáncer, corrige la vista, controla las placas solares y los molinos eólicos, fabrica los medicamentos, canaliza el agua y la filtra, etiqueta los alimentos orgánicos, crea vacunas, separa a los niños siameses y les da esperanza a quienes nacen sin riñones y hasta devuelve la vista a algunos ciegos. Hasta contribuye a crear depósitos del saber, tanto virtuales como tangibles, donde todo el conocimiento del mundo está a salvo, incluso el conocimiento creado por los autores pesimistas, luditas y tecnófobos. Feliz año a todos.

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Notas
[1] Javier Candeira, “Un universo en una línea de código”, en VVAA, Mondo píxel, vol. 1; Editorial Tébar, Madrid, p. 58.

1 comentario:

Ana Nistal dijo...

Magnífico y certero texto. No conocía el ensayo de Osten, pero habrá que apuntarlo en la lista de apocalípticos que confunden el supuesto fin de la cultura con los límites de su propio conocimiento. Lo más curioso del asunto es, además, que en ciertos entornos parece resultar "elegante y/o culta" esa pose tecnófoba.