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martes, 25 de noviembre de 2008

¿Es Internet el Anticristo?


Así parecen pensar muchos en la actualidad, culpando a la Red de todas las desgracias del mundo. Hoy me han sobresaltado las declaraciones de Atom Egoyan, un muy interesante director de cine, por las cuales Internet “provoca tensión, ruido, destrucción. (…) sirve para informarse; sin embargo no todo lo que vemos ahí es verdad. Además, tampoco es un lugar ni para la catarsis, ni para la revolución ni para la reflexión. Es el reino de people.com, en el que cualquiera suelta cualquier barbaridad”. Egoyan acaba de dirigir una película, Adoration, que aborda temas como el terrorismo, las raíces familiares y la Red como conducto de todo tipo de venenos. Hace poco leía también un artículo en la Atlantic Monthly Review en que se culpaba a los blogs (bitácoras o diarios personales en línea sobre temas diversos) de la muerte de la alta literatura, o se sugería la posibilidad con una contundente pregunta en la portada: “¿matarán los blogs a la escritura?”. Y todo esto se une a libros como El culto del amateur. Cómo la democratización del mundo digital está destruyendo nuestra economía, nuestra cultura y nuestros valores (2007), de Andrew Keen. Keen trae a colación al biólogo T. H. Huxley, abuelo del célebre utopista, quien afirmó a finales del XIX que si se provee a infinitos monos de infinitas máquinas de escribir, algún mono puede, eventualmente, crear una obra de Shakespeare o un diálogo platónico. “La tecnología de hoy –dice Keen– engancha a todos esos monos con todas esas máquinas de escribir (…) En vez de crear obras maestras, esos millones y millones de exuberantes monos –muchos de ellos sin mucho más talento en las artes creativas que sus primos primates– están creando un inacabable bosque digital de mediocridad”[1].
Podemos leer estos y otros argumentos similares, hay miles, bajo la perspectiva de estar leyendo literatura ensayística involuntariamente cómica, pero creo que hay un fondo preocupante en el hecho de que estos libros aparezcan en editoriales serias como Doubleday, que tengan numerosas ventas y más de una edición, como es el caso, y que, en efecto, haya quien piense que un medio tecnológico, y no su mala y puntual utilización, pueda tener la culpa de algo. Keen acusa a las nuevas generaciones –entre las que me encuentro– de haber crecido atontados bajo los resplandores de las pantallas, y de no tener ambición, talento ni capacidad de concentración necesaria para esforzarse mentalmente, amén de haber borrado de forma interesada los límites entre el autor y el espectador, para poder rebajar la musa sin esfuerzo.

En otro lugar intento refutar todas estas acusaciones de Keen, pero da la impresión de que cuando las cosas van mal hay que buscar una cabeza de turco, un chivo expiatorio para hacer recaer sobre él toda nuestra frustración, e Internet tiene la ventaja de que no se puede defender, y que aguanta todos los insultos sin abogado defensor. Me gustaría decir algunas cosas también en su defensa. Por ejemplo, Google acaba de desarrollar, en colaboración con el Centro de Control de Enfermedades estadounidense, radicado en Atlanta, un programa llamado Google Flu Trends, que ayuda a localizar tempranamente las epidemias de gripe. Se ha contrastado por los especialistas de Google que muchos enfermos, al sentir los primeros síntomas, teclean en el buscador palabras como gripe, fiebre, paracetamol o dolor de cabeza, y que cuando en un lugar las búsquedas de estos términos se multiplican en muy poco tiempo es porque algo está ocurriendo en la zona. De ahí que este programa multibuscador pueda ayudar, manteniendo la privacidad de las consultas, a frenar la epidemia a tiempo.

Este es un ejemplo, entre otros muchos, de las posibilidades infinitas de la Red para hacer el bien. En Pangea poníamos cientos de ejemplos de maneras digitales de hacer el mal, pero porque todas las tecnologías potentes y globales (e Internet es las dos cosas en sumo grado) tienen su “reverso tenebroso”. Es precisamente mediante el conocimiento de estos peligros como podemos aprender a utilizar las tecnologías para el bien. Y se pueden hacer muchas cosas buenas con Internet. Por ejemplo, si este artículo les ha gustado o les ha parecido interesante, hay que agradecerle a la Red que ustedes hayan podido leerlo.


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Notas
[1] A. Keen, The Cult of the Amateur. How the democratization of the digital world is destroying our economy, our culture, and our values; Doubleday, New York, 2007, pp. 2-3.

1 comentario:

pormiquenoquede dijo...

La muchedumbre de los que se creen con derecho a sentirse superiores simplemente porque no saben manejarse en un entorno nuevo no crece, pero mantiene una hostilidad sostenida en nombre de ideales que nadie debería apropiarse sin vergüenza.