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lunes, 10 de noviembre de 2008

El chiste de los e-book

No sé si conocen el chiste: un conductor penetra en una autopista  y, al poco,  escucha un mensaje de alarma por la radio que advierte de que un automóvil está circulando en dirección contraria por la citada vía; entonces exclama: ¡uno no, docenas, docenas!

Bien, pues yo me siento como el  conductor del chiste cuando leo lo que dicen los supuestos expertos sobre los lectores de e-book. Veo que insisten en que pueden no estar mal para libros técnicos pero que jamás leerían en ellos a ninguno de esos exquisitos autores que los entendidos suelen mencionar en estos casos. Soy el del chiste, no cabe duda, porque desde que me compre, en un día feliz, ya varios meses atrás, un Papyre, que se vende con toda facilidad en España,  no he dejado de usarlo ni un solo día para leer de cabo a rabo los Episodios Nacionales de Pérez Galdós (me quedan tres, para ser exactos). Apenas concibo una forma más cómoda de leer literatura y lo que siento es que, por ejemplo, Acción de gracias, una excelente novela de Richard Ford que tengo que leer estos días, no pueda ser leída en la misma forma (o, tal vez, en inglés, sí, tengo que verlo, pero ya voy por la mitad de la versión castellana). A mí, que quieren que les diga, me parece que el papel es incómodo,  sobre todo cuando son más de 700 páginas, la letra me resulta pequeña y el libro es muy pesado para transportar y leer en la cama, cosas que uno hace. Mi Papyre es ligero, muy legible, nunca se olvida de la página por la que voy,  y, además, tengo en él no solo a Galdós sino hasta unos centenares de autores (lo que cabe en varios gigas) que a lo mejor no son tan exquisitos como los que mencionan los expertos pero que van desde Herodoto a Gorki pasando por Conan Doyle o Calderón, unas gentes muy convincentes y gratas que ya no me van a abandonar nunca gracias a un artilugio insignificante que no pesa más allá de 120 gramos.

De manera que cuando oigo esta clase de argumentos (¡Hasta dónde vamos a llegar! ¡Hay que poner freno a esta mercantilización y tecnologización de la cultura! ¡Nuestros privilegiados cerebros corren peligro con estas formas de lectura!... etc.) no puedo sino reír y acordarme de Eclesiatés, I, 15, que, por supuesto, leí por primera vez en papel Biblia y ahora tengo en mi Papyre, por si las moscas.

 

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