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jueves, 23 de octubre de 2008

La lectura y los muleros

Hace un par de días vi en la tele a Alberto Mangel cuya Historia de la lectura se tiene comúnmente  por  un auténtico monumento cultural. Estaba para comentar una novela que acaba de publicar Todos los hombres son mentirosos, lo que certifica una vez más que ningún erudito argentino puede evitar la tentación literaria. Aparte del regusto paradójico del título y de la innegable sabiduría literaria de Mangel, el hábil entrevistador no pudo evitar preguntarle por el porvenir del libro, a lo que se ve, tan amenazado. A Mangel le parece que está asegurado, que el producto es tan bueno que es imposible que nada le sustituya. Esta es una opinión que resulta un signo de identidad de los hombres cultos, de esos que abominan del mundo trivial y plano de la tecnología. Pues bien, con todo lo que sabe Mangel, al que, muy sinceramente admiro, tengo que decir que me parece incurrir en un vicio hipócrita que oculta, entre otras cosas, el interés de cuantos viven, y no son pocos, de la industria editorial tal como está. Me parece bien que cada cual cuide de lo suyo, pero confundir el libro, tal como lo conocemos,  con la lectura, con la ciencia o con la cultura es un error y puede ser un crimen. Seguramente no he leído tanto como Mangel, pero  no le voy a ceder a nadie en amor a  la literatura, la filosofía o la erudición. Precisamente por eso soy un fervoroso partidario de los libros electrónicos o e-book. Hace ya casi un año me compré un Papyre (producto foráneo, imagino que chino, con marca española) y creo que ahora ya se venden en el Carrefour. Luego he tenido la ocasión de comprar  alguno más, para mis hijos y para algunos amigos, y tengo que decir que me parece la compra más útil e inteligente que he hecho en mi vida. Estoy feliz, leo con enorme facilidad y sin ningún cansancio y, además, no he hecho ninguna descarga de esas que se tiene por ilegales. Son tantas las cosas legales y excelentes a las que se puede acceder de manera simple e inmediata que no hay ninguna necesidad de hacer cosas de esas que no les gustan a quienes todos sabemos. Naturalmente sigo comprando y leyendo libros de papel, pero sueño con el día en que pueda acceder a cualquier libro a través de mi lector. Eso va a llegar, más pronto que tarde, aunque algunos editores pongan el mismo tipo de pegas que los muleros pusieron al despliegue del ferrocarril. Otro día les cuento más.  

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