Página del autor

Pincha aquí si quieres ir a la página del autor

martes, 23 de septiembre de 2008

¿Tienen edición los textos digitales?

A la palabra editar le han salido muchos usos. Tal vez lo único que tengan en común todos ellos es que se refieren siempre, de uno u otro modo, a un texto, y se ha llamado siempre texto a una serie de signos visuales sobre una superficie. La pregunta que a veces me hago es si existe algún sentido importante en el que se pueda afirmar que se ha editado un texto digital. Si nos tomamos en serio lo que es un texto digital, rápidamente caeremos en la cuenta de que no admite ediciones, admite cambios (que lo transforman en algo distinto), pero no ediciones. Es decir, un texto digital, en tanto que precisamente digital, no tiene ninguna edición posible y cualquier edición de hecho lo transforma en un texto distinto. La edición existe porque podemos mover los signos sobre una superficie, pero, si hablamos en serio,  no hay ninguna superficie ni ningún signo en el mundo digital.
Desde luego las paginaciones, los formatos, las portadas y los títulos son elementos de la edición de un texto que se puede digitalizar, pero no forman parte del texto mismo, del mismo modo que tampoco son parte del texto los metadatos con los que los bibliotecarios identifican, por ejemplo, los libros.
En realidad, no hay libros digitales, eso es solo una metáfora. Un texto digital es, en último término, un número (no es un conjunto de dibujos sobre una superficie, o sea, que, de algún modo no es ni siquiera un texto) y ya se sabe que los números son muy suyos, que cada uno es el que es y no quiere que le confundan con otro.
¿Puede ser alguien propietario de un número?  Ya sé que el planteamiento es un poco extremista, pero me parece que algo de esto hay que tener en cuenta cuando se habla de los derechos, digamos, mercantiles sobre un texto digital o cuando, como algunos hacen se plantea la necesidad de que los libros digitales tengan también, ¡oh maravillosa previsión de quienes se cuidan de que no decaiga la cultura a manos de la barbarie tecnológica!, un precio único.

2 comentarios:

Ana Nistal dijo...

Todo gira en torno a un "problemilla" de fondo del mundillo digital y los modelos de negocio, llámense discográficas o editoriales: esa industria vendía un lote de hojas impresas (el libro y/o la edición) y, sin embargo, decía vender "intelecto". Cuando cambiamos el papel por los bits, esa ficción se pone complicada y es bastante absurdo mantener el modelo previo.

Pienso que quizá el término "edición" está demasiado simplificado. Las tareas editoriales previas a una publicación del tipo corrección, revisión, etc seguirían siendo válidas en este contexto. Incluso, determinados tipos de maquetaciones en algunos tipos de libros, como los que incluyen gráficos, fotografía y elementos relacionados tendrían también validez, aunque deberán reformularse en la versión digital.
Sí discrepo en una pequeña cosa: los títulos sí son parte del texto.
Si hablamos de "edición" en el sentido de "tirada de ejemplares" y/o copias y/o revisiones, completamente de acuerdo.

Me gusta la aproximación numérica que se apunta. Es la misma de los que dicen (decimos) que los libros/música/... digital son bits y como tales no se pueden regir por las reglas mercantiles de algo físico. ¿Se puede poseer en exclusiva un conjunto de bits?; si se copian o modifican (¡horror de muchos!) esos bits, ¿quién posee cada versión?.

Karim Gherab Martín dijo...

Muchas gracias por las reflexiones. Yo voy a hacer una aproximación al problema más desde la perspectiva filosófica que desde la jurídica.

Comentario 1: Estoy plenamente de acuerdo, pero en mi opinión esto es tan cierto con el papel como con los bits. Algo parecido ya decían Barthes y Foucault (incluso Proust antes que ellos), cuando ponían el acento en la interpretación más que en la creación, sin esperar a que se popularizara la edición digital. No obstante, es cierto que ninguno hizo intento alguno de reducirlo a bits (no creo que supieran nada de ello).

Comentario 2: Entiendo (porque creo que ya conozco tus debilidades filosóficas) que lo que quieres es reducir los textos a ontologías pertenecientes al Mundo III de Popper, realidades de existencia objetiva que se descubren y no se crean, como es el caso de los números, las matemáticas y quizá también las leyes de la física (o de la metafísica, para más inri de los omnipresentes e incrédulos humeanos y kantianos), por ejemplo. A mí este argumento me parece bien, aunque ciertamente requiere más sutileza.

Comentario 3: De todos modos, en cuanto a la inmaterialidad de la información, no parece que los físicos estén de acuerdo. Me gustaría recordar, como mera anécdota, que Rolf Landauer demostró en los años 80, en su artículo "Information is physical", que el borrado de un bit de información disipa energía (concretamente kTln2, donde T es la temperatura, k es la constante de Boltzmann y ln2 es el logaritmo neperiano de 2). La información (orden, opuesto a la entropía) es un repositorio de energía que podría hacer funcionar motores si supiéramos cómo hacerlo. El estado de equilíbrio termodinámico (entropía máxima, desorden máximo) ya no hace funcionar ni motores ni nada.

Comentario 4: Un libro físico lleva inherente la propiedad de ser capitalizado por alguien porque realizar una copia física es costosa en tiempo y en dinero, y además es en la práctica imposible obtener una copia exactamente igual que el original. Sin embargo, una copia digital cuesta virtualmente cero euros, cero segundos, si es idéntica al original por lo que el concepto de capitalización (o pertenencia) se diluye, y con él desaparece la ontología del libro como objeto singular para convertirse en un objeto público. Lo que se convierte en algo singular entonces es el servicio que se ofrece, y un servicio es un proceso que involucra necesariamente a los lectores. Es más, va dirigido a los lectores, que se convierten en cierto modo en co-autores, creando una tensión interpretativa sobre el texto original (que, recuerdo, se ha convertido en un objeto público). Es curioso (me tiene fascinado) cómo la tecnología digital nos devuelve a unos tiempos "pre-tecnológicos": del mismo modo que Mozart no podía grabar sus conciertos por limitaciones tecnológicas (infinitamente difícil) y se veía obligado a cantar en directo cada vez, los cantantes actuales se verían obligados a dar (trabajar) más conciertos en directo y a grabar (vivir de las rentas) menos porque grabar es infinitamente fácil (il-limitación tecnológica).

Comentario 5: Estoy 100% de acuerdo con que el título no forma parte del texto. Creo que este punto queda muy claro en nuestro libro: "El Templo del Saber: Hacia la Biblioeca Digital Universal".