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jueves, 25 de septiembre de 2008

Futurología musical y experimento mental nº1

Un libro, un CD o un DVD son objetos físicos que, en una transacción económica, se desprenden de un vendedor para abrazar a un nuevo dueño. Se transfiere entonces un soporte, pero, según el derecho de propiedad intelectual, se transfiere también una obra intelectual, ya sea un texto, una composición musical o unas imágenes. De entrada parece ya absurdo poner un canon al soporte, pero dejemos de lado esta cuestión con el fin de concentrarnos en hacer un poco de futurología musical con presente tecnológico.

Dejemos ahora lo físico y hablemos de libros, canciones e imágenes digitales. Demos por bueno que estos artículos son objetos digitales. En principio, un objeto es algo manipulable y finito. Es también cerrado, es decir, nada entra ni sale de él. No es disipativo. Se puede entonces concebir (dejando de lado las consideraciones legales) como una cosa que puede transferirse sin sufrir modificaciones a lo largo del proceso de venta. En este caso, probablemente muchos estarán convencidos de que esa cosa, aún siendo digital, sigue siendo un objeto que se vende y no como un servicio que se ofrece.

Pero supongamos ahora que oimos una canción o vemos un vídeo vía streaming, esto es, sin descargar el objeto digital en nuestro ordenador (ni siquiera ficheros temporales). En este caso, el objeto no se ha movido de su lugar (la página web a la que accedemos), sino que la web de referencia lo ofrece como un servicio, tal y como lleva haciendo la radio desde principios del siglo XX. Lo que se transmite son cadenas de ceros y unos que van adquiriendo infinidad de realizaciones físicas (fotones, ondas electromagnéticas, electrones, fonones, etc.), y van superando múltiples vicisitudes (interferencias, ruidos, entropía, etc.) como consecuencia de su interacción con el entorno, pero la mejora de las comunicaciones telemáticas y la invención de pasarelas de pago (de tipo Paypal, etc) hacen posible que podamos "consumir un servicio" a la carta sin necesidad de poseer el objeto en sí. Podremos pues, en el futuro, elegir en cada momento la canción que queramos oir en el coche sin necesidad de tenerla previamente descargada localmente, lo cual redundaría en una bajada de precios. Es cierto, pagaríamos varias veces por una misma canción, pero nos estarían ofreciendo un servicio barato y flexible que nos liberaría de las tareas de tener que comprar un disco duro, de mantenerlo y repararlo, y de tener que reordenar cada vez nuestra propia colección en local.

Pienso que nos tenemos que acostumbrar a hacer con la música lo que ya hacemos, por ejemplo, cuando vamos una obra de teatro o nos montamos en los coches de choque de una feria. Ni podemos ver dos veces la misma obra por el precio de una, ni nos dejan subirnos al mismo coche de choque más veces pagando una sola vez. Idem al subirnos al mismo avión, o trasladándonos todos los días en el mismo vagón del Metro. Supngo que se trata de percibir la consumición de música de otra manera, a saber, como un servicio y no como una posesión.

Un paso más. Supongamos que nos ofrecen entonces la tarifa plana musical ("Bájese Ud todas las canciones que queira por X euros al mes"), como si fuera un bonotransporte. Tampoco sería este mal negocio para las discográficas, aunque ciértamente no sería tan lucrativo como el anterior (¡ay!, tiempos pasados siempre fueron mejores, para algunos). Su problema sería que estarían más expuestos a la competencia.

3 comentarios:

Ana Nistal dijo...

Ese que apuntas podría ser un modelo, pero yo no apostaría por él. Seguiría siendo un modelo rígido en el que toda mi música debe estar en un lugar fijo y eso es limitar a los usuarios (también llamados clientes). Como cliente querré un buen servicio que no limite mis posibilidades, querré escuchar mi música desde un portal web, en el móvil mientras paseo o en mi anticuado lector de cd. También querré mezclarla como se me antoje, independientemente de su procedencia. Y quizá también quiera "editarla" para mis fiestas caseras. Un servicio que me obliga a estar online para escuchar música y que no me permite copiarla en otros dispositivos y escucharla como y cuando quiera, no es un buen servicio, como tampoco lo es el que me obliga a adquirir un CD/DVD pretendiendo limitar sus usos.

José Luis González Quirós dijo...

Dos observaciones, que quizá sean tres. Ana Nistal tiene razón: hay que hacer las cosas a gusto del cliente, aunque el gusto del cliente pueda cambiar a medida que cambian las tecnologías. A finales de los sesenta, por ejemplo, ningún cliente prefería llevar consigo una colección completa de las composiciones que le gustan: nadie lo quería porque era imposible. La segunda observación es de tono más metafísico, digamos: la expresión objeto digital induce al equívoco de que hay una singularidad material en el objeto (los objetos suelen ser cosas en el espacio y el tiempo), mientras que los "objetos" digitales son, más bien, formas universales que objetos singulares. Por eso no se pueden comprar ni vender porque nadie se deshace de ellos al venderlas ni los puede esconder para siempre en su caja fuerte al comprarlos. La distinción original copia es, teóricamente, vana en el mundo digital y con ello se desvanece la identificación de cualquier clase de derechos mercantiles con cualquier clase de objeto. La llamada propiedad intelectual solo puede ser el derecho moral de autoría y el que se establezca un sistema para retribuir a los autores, y eventualmente a sus herederos, por el uso de sus obras, no porque nos trasfieran ninguna propiedad que ni tienen ni tendremos nunca sobre algo tan formal como una entidad ideal.

Karim Gherab Martín dijo...

No sería un modelo rígido. Que esté online no significa que el usuario no pueda decidir en qué orden quiere escuchar las canciones, o bien que no pueda organizar sus propias colecciones online. Por ejemplo, puedo editar online qué canciones quiero que escuchen aquellos que me llaman al móvil (el famoso Yavoy de Movistar).
Estoy de acuerdo con la definición de objetos digitales que da José Luis. Digamos que un objeto digital puede adquirir múltiples realizaciones materiales, es decir, el mismo objeto digital puede ser identificado con una infinidad de objetos físicos.